Largo y feo, pero casi exacto, el título de la entrada que por fin llega.
Leer y contar nos propusimos hace un tiempito para hacerles saber nuestras opiniones sobre algunos de los libros que con mimo les ofrecemos. Se hace compleja la tarea por falta de tiempo, que no de ganas, pero no cejamos en el empeño y puesto que leer, leemos, aquí van algunos comentarios.
En 1958 se publica en francés El barranco, de Nivaria Tejera. En la década de los 80, según me cuentan varias profesoras de literatura de bachillerato y secundaria, fue una novela habitualmente recomendada. Yo me la leí este año, recién reeditada por El olivo azul, para recibir a su autora en nuestra librería.
Es difícil, casi imposible para mí, hablar del libro sin recordar la mirada inteligente y escrutadora de su autora. No sé cómo hacerlo pero me debo un intento.
Me gustó el barranco: mucho: por muchos motivos. Me gustó por lo que cuenta: claro. Y me gustó, sobre todo, por cómo lo cuenta: exquisita nuestra lengua en la pluma de Nivaria. Me gustó: mucho: hasta el vértigo.
El Barranco habla de la Guerra Civil Española en Canarias, en Tenerife, en La Laguna y en Santa Cruz. Habla del estallido presentido, de las traiciones entre vecinos, de complicidades, de intentos vanos, de ruido. Habla de una niña que se hace grande, de los sueños, de sexo y muerte, de realidades, de sensaciones, de vida. Habla desde quien siente, y vuelve palabras, con admirable maestría, el tumulto de sensaciones de una niña en la guerra. Una niña, la protagonista, que ya en el primer capítulo declara: "Guerraguerraguerra. Esta palabra va a romperme. Tengo miedo y es ella que vigila; tengo frío y es ella que vigila. Y papá detrás, perdiéndose." (p. 18). Una niña que me lleva a la infancia vivida, que con sus certezas y su rabia me recuerda la soledad abismal de la niñez. Una niña que en el segundo capítulo hace reflexiones como estas:
" Estoy de regreso. Me parece volver de un sitio remoto. Eso es. Estoy de regreso de un sitio remoto. El autobús corre despacio, deprisa, huye que huye. Está cansado como yo y quiere tropezar con todos los árboles. Los árboles parecen barrotes con rostros ceñudos y caminan cogidos de las raíces. Cierro los ojos cada vez que llegan al centro de la carretera. Tropezarán, nos caeremos." (p.28)
Me paro y releo. Desde luego no es lenguaje de una niña el que emplea Nivaria Tejera. No son las palabras que suele decir una niña. Y sin embargo (y creo que esa es gran parte de la magia) sí son los sentimientos de una niña. Y es que Nivaria no imita la forma de hablar de la niña sino que, muy al contrario y eso es lo maravilloso, pone en palabras el torbellino de pensamientos que la niña sufre: "Es horrible que aprenda esto que luego no se me olvida. Quisiera tener a quien contárselo para que también sufriera y tampoco se le olvidara. Pero esto a nadie le interesa" (p-21). Pensamientos brutales como solo pueden serlo en la niñez: " Porque tú eres libro como papá no es y yo no quiero que nadie sea libre. Donde tú llegas con tu orín y tu bigote la yerba es dura, por donde tú andas todos están libres. Y yo, gato, oye, tengo tanto pan duro en las tripas que si me abrieras, si entraras, te paracería andar sobre un tejado.(...) Por eso, para vengarme, te estrangulo." (p. 87)
Y por eso, porque leo y creo en esa niña, porque me gusta que se describa a una tortuga como "Ese animalito pequeño y duro que dan ganas de sembrar" (p. 94), porque siento que la soledad de la infancia y el vértigo de la adolescencia están vivos en sus páginas, porque tengo miedo, porque no quiero guerra. Por eso, y porque me pierde la belleza, pienso que todas y todos deberíamos leer a Nivaria Tejera.
Gracias, siempre, por su atención. Procuraremos volver pronto con más lecturas y noticias y reseñas y no olviden que estamos siempre esperando en nuestra librería.


