Soy enamorada. Siempre lo fui desde que me recuerdo. Enamorada de la vida, aunque veces duela, y en consecuencia de la belleza y mil otras manifestaciones del ser.
Soy una enamorada. Me gusta serlo. De lo que siento bello y cierto. De lo que se me muestra vital.De lo que me es verdadero.
Soy una enamorada, por eso, de libros que huelen a bosque fresco y sabio, de los que siento cálidos y suaves, de los que me abren el viaje a mundos necesarios. Y hoy vengo a hablarles de uno de esos. De un libro que elegí porque Marifé Santiago Bolaños (en una entrada anterior hice referencia a ella y a su última, maravillosa novela) me empujó a leer a una autora que desconocía no de nombre pero sí de lectura (debería darme vergüenza, lo sé, pero es lo cierto) y al impulso se unió la feliz coincidencia de que hay en la mágica editorial minúscula dos obras de ella. Me refiero a Marina Tsvietáieva y los libros que han publicado en minúscula y que me convirtieron su lectura en un acto de amor inolvidable son Viva voz de vida y Natalia Goncharova. Retrato de una pintora: ¡qué milagro de comunión entre dentro y fuera, fondo y forma, texto y objeto!, ¡qué criaturas tan perfectas! y ¡qué desastre el mío que ahora no sé cómo contarles!
Viva voz de vida (ya el título es de ensueño), de Marina Tsvietáieva, editado por minúscula en su colección con vuelta de hoja, con la fascinante traducción de Selma Ancira es ya, no es evitable, uno de los libros imprescindibles de mi vida. Porque soy enamorada, porque solo la voz de una poeta puede crear tan bella prosa, porque solo una editorial serena de líneas sabiamente definidas puede realizar objeto tan necesario, porque solo una traductora admirable puede hacernos llegar lo sublime desde tan lejana lengua.Porque la pasión es ley de vida.
Pero no sé contarlo. No sé hacer una reseña (tiempo al tiempo). No termino de entender qué debo decirles para que comprendan mi admiración por la autora, el título, el libro. En la contraportada leemos:
Luminoso, como el propio Maximilián Voloshin, es este texto que Marina Tsvietáieva dedica a la memoria del poeta y pintor que falleció bajo el sol de mediodía en Koktebel, un pueblo a orillas del mar Negro, el 11 de agosto de 1932. Personaje entusiasta y generoso, "constructor de tantos destinos", anfitrión de figuras como Andréi Biely, Ósip Mandelstam o Alexander Blok, su casa en Crimea se convirtió e uno de los puntos de encuentro más singulares no solo de Rusia sino de Europa. En las páginas de Viva voz de vida, la magia, el mito y la música de las palabras recrean la fecunda amistad que unió a la autora con este escritor legendario al que conoció a los diecisiete años. El mar y la tierra, la historia y el arte envuelven este encuentro en el que se cruzan los senderos del pensamiento y la creación.
¿Qué puedo añadir, contar, decir? Tal vez algunos fragmentos de la obra para que se aproximen a la delicadeza, la exactitud, la pasión con la que Marina Tsvietáieva habla de su amigo muerto.
Para empezar dice la poeta:
"El once de agosto -en Koktebel- a las doce del día murió el poeta Maximilián Voloshin.
Lo primero que sentí al leer aquellas líneas fue, tras el golpe natural de la muerte -satisfacción: al mediodía: a su hora." (p.7)
Así se inicia el relato de esta amistad que sobrepasa todas las magnitudes conocidas, con un hombre cuyo único afán posesivo era el vínculo con sus libros. Dice Tsvietáieva:
" Lo daba todo, lo daba - a todos. Pero cada libro que sus manos soltaban era - una victoria sobre esa su única pasión de atesoramiento, que para mí es sagrada: la pasión por los libros propios. una avidez sacrosanta."
Un hombre que la poeta compara con los más importantes seres mitológicos. Con el sol en una defensa apasionada que copio aquí como último fragmento:
"Todavía nadie ha condenado al sol porque alumbre también al otro, y aun Josué, que lo hizo detenerse, lo detuvo también para su enemigo. El hombre y su enemigo, para Max, formaban un todo: para él mi enemigo era parte de mí. Para él - enemistad era unión. Asía veía la guerra con los alemanes y la guerra civil, y a mí con mi ineludible enemigo. Así veía - el mundo entero. Pero así puede verse solo desde arriba (...)"
No sé decir más. O tal vez no quiero. El libro cuenta una relación entre seres magníficos. Y cuenta más. Cuenta las miserias humanas, las condiciones climatológicas, los caprichos de la historia. El libro que hoy les traigo es, para mí, un libro por encima del tiempo, como al parecer lo era Voloshin, como lo es la poeta Tsvietáieva fatalmente muerta.
Espero que si lo han leído, si lo leen, entren y comenten.
Siempre gracias.
Viva voz de vida (ya el título es de ensueño), de Marina Tsvietáieva, editado por minúscula en su colección con vuelta de hoja, con la fascinante traducción de Selma Ancira es ya, no es evitable, uno de los libros imprescindibles de mi vida. Porque soy enamorada, porque solo la voz de una poeta puede crear tan bella prosa, porque solo una editorial serena de líneas sabiamente definidas puede realizar objeto tan necesario, porque solo una traductora admirable puede hacernos llegar lo sublime desde tan lejana lengua.Porque la pasión es ley de vida.Pero no sé contarlo. No sé hacer una reseña (tiempo al tiempo). No termino de entender qué debo decirles para que comprendan mi admiración por la autora, el título, el libro. En la contraportada leemos:
Luminoso, como el propio Maximilián Voloshin, es este texto que Marina Tsvietáieva dedica a la memoria del poeta y pintor que falleció bajo el sol de mediodía en Koktebel, un pueblo a orillas del mar Negro, el 11 de agosto de 1932. Personaje entusiasta y generoso, "constructor de tantos destinos", anfitrión de figuras como Andréi Biely, Ósip Mandelstam o Alexander Blok, su casa en Crimea se convirtió e uno de los puntos de encuentro más singulares no solo de Rusia sino de Europa. En las páginas de Viva voz de vida, la magia, el mito y la música de las palabras recrean la fecunda amistad que unió a la autora con este escritor legendario al que conoció a los diecisiete años. El mar y la tierra, la historia y el arte envuelven este encuentro en el que se cruzan los senderos del pensamiento y la creación.
¿Qué puedo añadir, contar, decir? Tal vez algunos fragmentos de la obra para que se aproximen a la delicadeza, la exactitud, la pasión con la que Marina Tsvietáieva habla de su amigo muerto.
Para empezar dice la poeta:
"El once de agosto -en Koktebel- a las doce del día murió el poeta Maximilián Voloshin.
Lo primero que sentí al leer aquellas líneas fue, tras el golpe natural de la muerte -satisfacción: al mediodía: a su hora." (p.7)
Así se inicia el relato de esta amistad que sobrepasa todas las magnitudes conocidas, con un hombre cuyo único afán posesivo era el vínculo con sus libros. Dice Tsvietáieva:
" Lo daba todo, lo daba - a todos. Pero cada libro que sus manos soltaban era - una victoria sobre esa su única pasión de atesoramiento, que para mí es sagrada: la pasión por los libros propios. una avidez sacrosanta."
Un hombre que la poeta compara con los más importantes seres mitológicos. Con el sol en una defensa apasionada que copio aquí como último fragmento:
"Todavía nadie ha condenado al sol porque alumbre también al otro, y aun Josué, que lo hizo detenerse, lo detuvo también para su enemigo. El hombre y su enemigo, para Max, formaban un todo: para él mi enemigo era parte de mí. Para él - enemistad era unión. Asía veía la guerra con los alemanes y la guerra civil, y a mí con mi ineludible enemigo. Así veía - el mundo entero. Pero así puede verse solo desde arriba (...)"
No sé decir más. O tal vez no quiero. El libro cuenta una relación entre seres magníficos. Y cuenta más. Cuenta las miserias humanas, las condiciones climatológicas, los caprichos de la historia. El libro que hoy les traigo es, para mí, un libro por encima del tiempo, como al parecer lo era Voloshin, como lo es la poeta Tsvietáieva fatalmente muerta.
Espero que si lo han leído, si lo leen, entren y comenten.
Siempre gracias.





